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viernes, 10 de enero de 2014

la Iglesia que dejará Francisco cuando se vaya

(José M. Vidal).- "Muy consciente de la gravedad de este acto, con total libertad, declaro que renuncio al ministerio del obispo de Roma, sucesor de san Pedro, confiado a mí por los cardenales el 13 de marzo de 2013". Son las 12 en punto del 13 de marzo de 2023. Desde la ventana pontificia, con la misma fórmula utilizada por su predecesor, Benedicto XVI, el Papa Francisco se despide de los suyos.

Sólo que Bergoglio, fiel a sí mismo, la pronuncia en italiano y con la voz quebrada por sus 86 años y una asfixia creciente. La plaza de San Pedro abarrotada enmudece. Se corta el silencio. Y el Papa aprovecha para añadir: "Queridos hermanos y hermanas: El Señor me llama a 'subir al monte', a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Es hora de dar paso a otro obispo de Roma".

Como sacudidas por un terremoto, las 150.000 almas congregadas en la plaza despiertan de la pesadilla y comienzan a reaccionar. Unos lloran desconsoladamente al Papa "llegado del fin del mundo". Otros rezan por el "Papa de los pobres". Los más gritan a coro: "Francesco, no te vayas".

Y, desde la ventana, el Papa al que siempre le encantó interactuar con sus fieles, responde: "No abandono la Iglesia; al contrario, la voy a seguir sirviendo con la misma dedicación y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero de un modo más adecuado a mi edad y a mis fuerzas". Y, con un nudo en la garganta, bendice por última vez a la gente y repite, también por última vez, su célebre fórmula final de cada audiencia: "Buen domingo y buen apetito".

La cortina blanca se cierra tras él. Al instante, los medios de comunicación y las redes sociales hierven ya de titulares: "Francisco renuncia como su predecesor", "Se va el Papa de los pobres", "Adiós al Papa de la primavera", "Se marcha Francisco, pero deja una Iglesia rejuvenecida" o "Francisco deja el timón de una Iglesia reparada".

"Francisco pasa el testigo y se retira, pero puede estar orgulloso de la Iglesia que nos deja", asegura en directo el comentarista de la televisión vaticana. Y con razón. Cuando llegó al solio pontificio en aquel ya lejano 2013, el primer Papa latinoamericano, que tenía ya 76 años, se encontró con una institución que había tocado fondo, tras 35 años de conservadurismo. Eso sí, con momentos brillantes de Juan Pablo II, el Papa Magno y peregrino, y de Benedicto XVI, el Papa anciano y sabio. Pero con el péndulo tan escorado a la 'derecha' que el ciclo conservador se agoto en sí mismo.

Y tuvo un triste final. Con polarización, exclusión, crispación y pérdida creciente de efectivos en una especie de cisma silencioso hacia la indiferencia. Con miedo, mucho miedo a hablar, a discrepar, a opinar, a pensar, a salirse de lo eclesialmente correcto. Con escándalos planetarios: pederastia, mayordomo infiel, vatileaks, cuervos, escándalos financieros...Con un grave deterioro de la imagen, una pérdida galopante de credibilidad y de autoridad moral (la única de la que dispone la Iglesia) y, por si eso fuera poco, con los medios de todo el mundo hurgando en sus miserias y exhibiéndolas con mofa y escarnio en la aldea mediática global.

En ese contexto, el 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI, al presentar su renuncia (la segunda, después de la de Celestino V en el 1294), lanza un grito de alarma con aquel gesto revolucionario, profético, que marca y antes y un después, que le pone fecha de caducidad al papado y, por extensión, a los demás cargos eclesiásticos, y que coloca a la Iglesia en proceso de reconversión.

Benedicto dimite porque ya no tiene "fuerzas físicas ni espirituales para seguir limpiando". Barrendero de Dios, barre las manzanas podridas del clero, instaura la tolerancia cero ante esos "crímenes" y se convierte en chivo expiatorio, pero se queda sin fuerzas para barrer su propia casa: la Curia y el IOR, que, un día sí y otro también, le dejan en evidencia. El dice unas cosas y ellos hacen y dicen las contrarias. De ahí que su renuncia se conviertiese en una lección de máximos para los eclesiásticos, y, al mismo tiempo, en la máxima "venganza sagrada": al irse obliga a dimitir y quedar en el limbo canónico a todos los curiales que habían convertido la sala de máquinas de la Iglesia en una "cueva de ladrones".

El órdago total necesitaba un nuevo timonel. Con fuerzas y agallas para plantar cara y coger el látigo como Jesús en el templo. Y en menos de dos meses, 115 ancianos cardenales consiguieron el milagro de hacer resucitar a la Iglesia como el ave fénix y convertirla en la única institución global capaz de regenerarse desde dentro y desde arriba. Y es que, con la elección inesperada del Papa Bergoglio, "nacióle un sol a la Iglesia", como dijera Dante de San Francisco.

El nuevo Papa "del fin del mundo" se gana el corazón de la opinión pública y publicada desde su primera aparición en la logia pontificia. Y pone en marcha un tsunami interno y externo, una nueva primavera de la Iglesia. Una primavera que, tras 10 años de abnegado servicio, ha florecido en todas sus estructuras y a todos los niveles. Desde la cúpula a las bases. Porque, amén de sus gestos llamativos, Francisco aplicó a la Iglesia, sin que le temblase el pulso, una hoja de ruta reformista, cuyo plan detallado había anunciado el 26 de noviembre de 2013, con la exhortación apostólica "Evangelii Gaudium" (La alegría del Evangelio).

Aquel documento fue el programa del "repara mi Iglesia en ruinas" del santo de Asís retomado y concretado por el Papa Francisco. Una revolución tranquila, pero revolución. Una clara ruptura. Un cambio de ciclo expresado en aquella célebre máxima bergogliana: "Primero el Evangelio y, después, la doctrina". Fue el paso de la tristeza a la sonrisa, de las normas a la libertad, del rigorismo a la familiaridad, de la Iglesia-aduana a la Iglesia-casa. Con flores en el porche, siempre abierta para todos y con una especial predilección por los más tirados.


Fue la vuelta al Concilio congelado durante más de 30 años, para activar todas sus potencialidades. El regreso a la Iglesia mosaico, más bella cuanto más plural. Un "aggiornamento" que recordaba mucho al del Papa Juan XXIII en los años 60 del siglo pasado. De hecho, Francisco, al que muchos llamaban el nuevo Papa Bueno, comenzó la renovación de la Iglesia por el propio papado. Dando ejemplo. Haciendo lo que después pediría a todos los demás. Diez años después, con los 86 cumplidos y la renuncia presentada, puede presumir, aunque no lo haga, de un buen ramillete de logros que le dieron la vuelta a la Iglesia como un calcetín.

Un nuevo estilo de ser Papa: Francisco fue el último Papa imperialista y con reflejos constantinianos. Democratizó el papado y lo convirtió en un "servicio" normal. Para eso, cambió en profundidad no sólo la forma de gobernar mucho más democrática, sino que dedicó su tiempo a los fieles (pobres, enfermos) más que a los poderosos y a los clérigos. Además, abandonó el "Apartamento pontificio", haciendo añicos el icono ideológico de la Sede Apostólica como centro de poder de impronta divina. Fue algo así como si Obama abandonase la Casa Blanca, como si la Reina de Inglaterra dejase Buckingham Palace, o el Rey Juan Carlos saliese de La Zarzuela para irse a vivir a un pisito en Vallecas o Moratalaz.

Para romper el espinazo a la Curia como centro de poder, la reformó a fondo, la internacionalizó, descentralizó la Iglesia y la hizo mucho más sinodal. De hecho convirtió el Sínodo de Obispos en un organismo deliberativo y potenció las conferencias episcopales, como organismos colegiados de los obispos.



De no pintar casi nada en la Iglesia, los laicos (la inmensa mayoría de fieles) dejaron de ser "clase de tropa", para ocupar puesto de responsabilidad en todos los escalafones eclesiásticos. Varios llegaron a presidentes de dicasterios y algunos incluso a cardenales.

Recibió un colegio cardenalicio de "príncipes de la Iglesia" y lo transformó en un senado de hombres sabios y de reconocida espiritualidad, para ayudarle a gobernar la Iglesia. Y acabó con sus púrpuras y sus armiños, resabios de épocas pasadas.

Pidió perdón por la marginación de las mujeres en la Iglesia durante tantos siglos, las promovió a los cargos más elevados de la Curia y algunas entraron también en el colegio cardenalicio. Los más conservadores pusieron el grito en el cielo ante la primera cardenala. Por eso, por respetar el "sensus fidelium", Francisco no dio el paso (querido y soñado por él) de ordenar mujeres sacerdotes y obispas, pero le dejó el camino expedito a su sucesor para que lo pueda hacer.

Hizo realidad el sueño de Jesús de la unidad de todos los cristianos. Unidad en la pluralidad y en la diversidad. Anglicanos, ortodoxos y protestantes por vez primera en la historia reconocieron su primado espiritual en la caridad, conservando su independencia. Fruto de esa unión, su viaje a Moscú, la tercera Roma, y su abrazo con el Patriarca de todas las Rusias.



Su renuncia fue llorada por todas las religiones, porque instauró un diálogo interreligioso de igual a igual con musulmanes, judíos, budistas, hinduistas...De ahí que terminase derribando el telón de bambú de la China comunista, para convertirse en el primer Papa de la historia en pisar Pekín.

Liberó al sacerdocio masculino de la ley del celibato obligatorio y lo dejó opcional. Hoy, hay curas solteros y casados, con la mayor naturalidad.

Aunque conservó el Estado del Vaticano como tal, para salvaguardar su independencia de la Iglesia, renunció a ser Jefe de Estado, suprimió a los Nuncios como sus embajadores e impuso en la Santa Sede una transparencia económica total. Tanta que convirtió el Banco vaticano en una banca ética.

"Ningún obispo impuesto". Fiel a esa máxima de San de San Celestino, los obispos dejaron de nombrarse a dedo por Roma, para pasar a ser elegidos por un colegio de consultores diocesanos formado por laicos y religiosos. Los prelados "se casaron" para siempre con la diócesis que los nombró y, salvo raras excepciones, no hicieron carrera ni cambiaron de diócesis.

Se volcó con los pobres y, para ayudarlos de verdad, mandó vender enormes cantidades de objetos de culto (cálices, custodias) de oro y plata, para socorrer a la gente en catástrofes y hambrunas. Y convirtió colegios, conventos y monasterios abandonados en casas para pobres.

De la moral del semáforo a la de la brújula. Fue, quizás, el cambio que más le costó. Se había sacralizado la moral sexual, casi como si fuese algo dogmático, pero Francisco se empleó a fondo y consiguió pasos decisivos: Los sacramentos para los divorciados vueltos a casar o la utilización del preservativo y de la píldora. Hizo primar el principio de la paternidad responsable y sacó a la Iglesia de las alcobas.

Se va Francisco y deja una Iglesia nueva, convertida en referencia y autoridad moral planetaria. En alas de una Iglesia abierta, misericordiosa y misionera, el catolicismo se contagió y se extendió como nunca en la historia. Sin hacer proselitismo y sin querer imponerse a las demás religiones, los fieles acudieron en masa durante estos últimos diez años a la casa-Iglesia, para calmar su sed de Dios. Incluso la secularizada Europa volvió a reavivar sus raíces cristianas.

Un éxito por el que tuvo que pagar un alto precio interno y externo. Sin atreverse a llegar al cisma, los sectores clericales más conservadores le hicieron siempre la contra, le pusieron todo tipo de trabas y le acusaron de populista, superficial y hasta de rozar la herejía. Los lefebvrianos lo declararon el Anticristo. Pero la inmensa mayoría del pueblo y del clero siempre estuvo con él a muerte. Gracias a eso y a su exquisito cuidado pudo esquivar varias asechanzas de muerte del "fuego amigo" curial.

Pero el peligro real le vino de los poderes del mundo. El universo político y financiero nunca le perdonó el que los zahiriese y los dejase en evidencia. Wall Street quiso asfixiar financieramente al Vaticano, el Banco europeo lo echó del euro y la mafia, dolida por haberse quedado sin el IOR, el banco vaticano-lavadora de su dinero negro, intentó atentar varias veces contra el Papa sin éxito.

Siempre le salvaron sus ángeles de la guarda: la gente, su gente. "Nacióle un sol al mundo" que, ahora, se eclipsa un poco, pero seguirá reluciendo desde su retiro monacal en el corazón del pueblo y en su memoria. Se va Francisco y el mundo llora y da gracias.

El otro «Papa» que llegó del frío

El nuevo Papa «del fin del mundo» se ha ganado el corazón de la opinión pública y publicada. Y, como Gorvachov con su Perestroika y su Gladnost en la vieja URSS, ha puesto en marcha un tsunami interno y externo, una nueva primavera de la Iglesia que, tras 10 años de abnegado servicio, ha florecido. Ocurrió con el líder. Su llegada al poder (presidió la Unión Soviética entre 1989 y 1991) supuso no sólo una renovación generacional, sino también una esperanza de libertad y mayor justicia en un país comunista hundido por el estancamiento económico, político y cultural. Gorbachov, como el Papa Francisco hizo en Roma, se propuso limpiar el templo del comunismo, el Kremlin, de corruptos. Es más, no sólo acabaría con la dictadura roja, heredera de Stalin, sino que sus profundas reformas pondrían en la picota la propia existencia del Estado soviético, transformando de la noche a la mañana el escenario internacional. Tachado de traidor por los viejos comunistas, Gorvachov sufrió un intento de golpe Estado, fallido, por llevar adelante sus reformas. ¿Corre igual peligro el Papa Francisco?

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